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Karol, Adam, Jacob...

Karol, Adam, Jacob

(Sodalitium N° 49)

 

Nota previa:

[...] Presentamos a nuestros lectores un estudio capaz de echar un poco de luz sobre el pensamiento de Juan Pablo II, y más particularmente sobre el interés y simpatía que manifiesta por el mundo judío, interés que lo llevó a aquel encuentro histórico con el gran rabino Toaff en la Sinagoga de Roma el 13 de abril de 1986.

Para hacerlo sugerimos aquí al lector seguir con nosotros, entre otros hilos conductores, aquel que liga a Karol Wojtyla con Adam Mickiewicz, y a este último con Jacob Frank, tomando como punto de partida de nuestra investigación dos testigos insospechables de prejuicio respecto de Juan Pablo II: el Padre de Lubac, teólogo creado “cardenal” por el mismo Juan Pablo II, y el filósofo y político demócrata-cristiano Rocco Buttiglione.

Sodalitium

El 16 de octubre de 1978...

La noche de su elección, el 16 de octubre de 1978, desde el balcón de San Pedro de Roma, el cardenal Karol Wojtyla, convertido en Juan Pablo II, aclamaba a Mickiewicz, testigo de la fe católica y de la libertad. Y en la lejana Cracovia, que el poeta exiliado no pudo volver a ver nunca, esa misma noche, ‘los cortejos que festejaban la elección pontificia, al honrar a los héroes de la historia polaca, nos expresaban que de Adam Mickiewicz a Karol Wojtyla se ha perseguido la continuidad de una misma esperanza, a la cual parecía responder finalmente la historia con una sonrisa’ (La Croix, 27/10/1978)” (1). Esto escribe el Padre de Lubac para recordar la afinidad existente entre los dos poetas polacos, Karol Wojtyla y Adam Mickiewicz. Buttiglione observa por su parte: “Es interesante señalar que, inmediatamente después de su elección al Sumo Pontificado, el primer lugar al que Juan Pablo II peregrinó fue el santuario de la Mentorella, cerca de Roma, atendido por los Padres Resurreccionistas” (2). Ahora bien, la “leyenda cuenta que después del fracaso de la rebelión [de los polacos contra el Zar] de 1831, algunos jefes del levantamiento se habrían encontrado en el exilio, en París. Durante una reunión el día de Pentecostés de 1836, después de haber analizado una vez más la situación política y haberla considerado desesperada, Mickiewicz concluye que hay que fundar una orden religiosa para salvar el alma de la Nación. ‘Necesitamos una nueva orden, no hay otra salvación. ¿Pero quién puede fundarla? Yo soy demasiado orgulloso’. Y es cuando el gran poeta designa a Bogdan Janski que, poco tiempo después, efectivamente, fundará la orden de los Resurreccionistas con Piotr Semenenko y Hieronim Kajsiewicz” (3). El joven Wojtyla ha sido entonces influenciado por Adam Mickiewicz, como sostiene el mismo Buttiglione (pág. 36) y Juan Pablo II lo ha confirmado solemnemente, con los dos primeros gestos significativos realizados inmediatamente después de su elección (4). Pero, ¿quién era Mickiewicz?

¿Solamente un Mazzini polaco?

Edgar Quinet, Jules Michelet, Adam Mickiewicz: “los tres anabaptistas del Collège de France” (Daniel Halévy); “trío sagrado que prepara el estallido de 1848” (Giovanni Scovazzi, discurso en la coronación del busto de Mickiewicz en el Capitolio de Roma, el 26 de noviembre de 1879). Sin embargo, de Lubac señala las diferencias entre los tres amigos y colegas del Collège de France: “Mickiewicz, que había admirado a Voltaire en su primera juventud, lo detestaba; Michelet y Quinet serán miembros del comité formado para hacerle erigir una estatua” (5). Mickiewicz era católico y bonapartista; sus amigos ateos y republicanos. Mickiewicz era un revolucionario, cierto, pero un revolucionario particular: “un místico”.

Nace en Lituania el 24 de diciembre de 1798 (200 años antes de la elección de Karol Wojtyla), bajo la dominación zarista, funda en la Universidad de Vilna, en 1815, la Sociedad de los Filomatas (luego Filaretas, luego Irradiantes), “con fines aparentemente literarios (...) en realidad, políticos” (6); motivo por el cual es arrestado y exiliado a Rusia, de donde es expulsado en 1829. Se dirige entonces a Roma: “Tenía una formación espiritual iluminista y volteriana; en Roma recupera la conciencia del poder creador superior de la fe ante la sola razón, y este concepto en adelante inspiraría toda su poesía”. “En 1831, después de haber intentado en vano volver a su patria sublevada, M. parte para París”, donde frecuenta los medios de la emigración polaca. Para los cuales, la encíclica de Gregorio XVI Cum primum, del 9 de junio de 1832, que apoyaba la represión rusa contra los polacos (7), será una gran decepción. En 1839 enseña en la Universidad de Lausanne, y al año siguiente, en el Collège de France de París, como hemos visto. “En 1848, durante la rebelión de los pueblos, M., que toda su vida había seguido los movimientos nacionalistas y que era amigo de Mazzini [este último tradujo algunas de sus poesías] y de otros patriotas, funda una legión que combatió en la primera guerra de independencia italiana”. Vuelve a París después de una nueva derrota, luego vuelve a partir para una misión política en Constantinopla, donde morirá en 1855. De estos trazos biográficos sacados de la Enciclopedia Cattolica, surge la figura de un M. católico liberal, vagamente mazziniano. Y esto ya estaría mal, pero, ¿hay más?

Mickiewicz y Lammenais

El Padre de Lubac no duda en colocar a M. en la “posteridad espiritual de Joaquín de Fiore”, incluso si por otra parte toma la defensa de la ortodoxia de nuestro personaje, como hace con el Padre Teilhard du Chardin, al cual lo asocia explícitamente (8). Empresa desesperada en ambos casos. Con de Lubac entonces, profundicemos nuestros conocimientos sobre M.

Ante todo, es la lectura del Ensayo sobre la indeferencia de Lammenais, durante su deportación en San Petersburgo, lo que acerca a M. al “catolicismo” (pág. 242). En 1831, M. conoce personalmente al “profeta de La Chesnaie” en París y se hacen amigos; se los apodó, con razón, “los Peregrinos del futuro” (9). “Lammenais, escribía en Lelewel el 23 de mayo de 1832, ‘es el único francés que sinceramente lloró por nosotros’ ” (pág. 240). La obra de M., Los libros de la nación polaca y de su peregrinación (1832), fue traducida al francés por Janski (el futuro fundador de los Resurreccionistas) y por el conde de Montalembert. El nombre de este último figura para que “el libro se difunda entre los católicos liberales”. Fueron Montalembert y Lammenais quienes eligieron el título de la edición francesa, Libro de los peregrinos polacos (1833); Montalembert escribe el prefacio y Lammenais le añade un “himno a Polonia” de su composición. Recuerdo que las ideas de Lammenais, expresadas en su diario L’Avenir, ya habían sido condenadas por Gregorio XVI en la encíclica Mirari vos del 15 de agosto de 1832, pero el Papa, esperando el arrepentimiento, había omitido nombrar al desgraciado sacerdote. Sin embargo, la ocasión de precipitarse al abismo que lo condujo a la apostasía, la proporcionó justamente el opúsculo de M. Lammenais “admiró enseguida el librito de M.: ‘Una tan pura expresión de la Fe y de la Libertad, todo el conjunto es una maravilla en nuestro siglo de servidumbre e incredulidad’ (...) Él mismo había comenzado entonces, dirá, la redacción de un pequeño libro ‘de un género muy similar, pero sin mucho incentivo, dudaba en continuar. La lectura del manuscrito de los Peregrinos fue ‘la chispa’ que lo decidió. Imita ‘el estilo bíblico y visionario’, tomando prestado el modo parabólico en ‘La palabra de un creyente’. Se conoce la carta que Maurice de Guérin escribió a su amigo Hippolyte de la Morvonnais el 10 de mayo de 1834, a propósito de tres escritos de M., de Lammenais y de Silvio Pellico (Mis prisiones), aparecidos con poca diferencia de tiempo: ‘terrible trilogía..., tres golpes de maza, uno tras otro, dados por varones católicos, puros, santos” (págs. 241-242).

Pero el Papa no lo apreció del mismo modo: “La prueba fue dura, tanto para el polaco como para el bretón. Si la condena romana de junio de 1834 [la encíclica Singulari nos de Gregorio XVI] apuntaba ante todo a Lammenais, no exceptuaba a M., cuya actitud también era severamente reprobada”, en carta al Obispo de Rennes del 15 de octubre de 1833. Será entonces que los caminos de Lammenais y M. se separarán: el primero apostata, el segundo se somete (?) y funda en 1834 la Asociación de Hermanos unidos”, a la cual se afilia el ex-carbonario Janski (pág. 244). Finalmente, en 1836, como hemos visto, fundan juntos la orden religiosa de los Resurreccionistas.

Mickiewicz y el mesianismo

Apenas M. abandonó la compañía de un hereje (Lammenais), se puso a frecuentar a otro quizás peor: Andrzej Towianski (1799-1871), antiguo compañero de estudios en Vilna. Este último desembarca en París en 1841 y “cura a distancia” a la mujer de M. internada en un hospital psiquiátrico; convirtiéndose así para M. en “el enviado de Dios”. “Durante tres años consecutivos, entre los cuales los dos últimos de su enseñanza [en el Collège de France], M. se convertirá en el heraldo del towianismo” (págs. 253-25). Towianski era un adepto del “mesianismo”, corriente inaugurada por Hoëne Wronski (1778-1853), “que había terminado por creerse el Paráclito encargado de anunciar el ‘cristianismo cumplido’ ” (pág. 251). Eran igualmente mesianistas dos grandes hombres de letras polacos, Zygmunt Krasinski (1812-1859) y Augusto Cieszkovski (1814-1894): el primero, “anunciaba que la Iglesia de Pedro tocaba a su fin, como toda la sociedad antigua”; el segundo, “anunciará la apertura de la tercera y última era de la historia: después de la antigüedad, que fue la era del Padre, y del cristianismo, que fue la era del Hijo, vendría pronto la era del Espíritu Santo; el cual, al realizar la armonía de la voluntad humana con la divina, instauraría el reino de Dios sobre la tierra: entonces se realizaría la ‘plenitud de las naciones’ anunciada por San Pablo” (págs. 250-251). En cuanto a Towianski, humildemente cree ser, después de Napoleón (10), la tercera epifanía de Cristo, el caudillo predestinado que debía nacer de una nación, Polonia, mártir y redentora como Cristo. Estaba “ebrio de literatura mística y ocultista; quizás estuviera iniciado en varias sociedades secretas” (pág. 252). “Su sistema metafísico y moral, anti-racionalista y anti-autoritario, sufrió la influencia de Saint-Martin, Swedenborg, T. Grabianka” (11); pero también de un cierto Jacob Frank, del cual volveré a hablar. Es interesante señalar que para T., al final de los tiempos el infierno no existiría más (8). Numerosos autores han sido influenciados por T.: así, el poeta polaco Juliusz Slowaki (1803-1849), que predecirá la elección de un Papa eslavo (12); nuestro Mickiewicz; el escritor modernista Fogazzaro (13). Ahora bien, Mickiewicz, Slowaki, Krasinski, son indicados por Buttiglione como “maestros” de Karol Wojtyla (pág. 32). Towianski expuso su pensamiento en un libro de 1841 (puesto en el Index en 1858) titulado Biesiada, el Banquete. M. se torna su difusor en el prestigioso Collège de France. “En diciembre de 1843, toma por objeto de su curso ‘la Cena’ (= ‘el Banquete’), del cual respeta el anonimato y evita citar directamente. Es -afirma- ‘el fruto más precioso y más maduro que salió del árbol de vida de la raza eslava’, es ‘una declaración de guerra contra toda doctrina, contra todo sistema racionalista’ ” (pág. 254). “Me siento sostenido por una fuerza que no viene del hombre -decía M. durante su clase del 19 de marzo de 1844- (...) me proclamo ante el cielo el testigo viviente de la nueva revelación” (pág. 254). No es nada sorprendente que M. y los suyos hayan sido tomados por “nuevos Montanistas” (14). El Estado (Luis Felipe) y la Iglesia se inquietan, aunque por motivos diferentes. El primero, obliga discretamente a M. a dejar su cátedra en 1844; y la segunda, pondrá en el Index, el 15 de abril de 1848, los dos últimos tomos de sus cursos parisinos: La Iglesia y el Mesías y La Iglesia oficial y el mesianismo.

Mickiewicz y la “Iglesia oficial”

Si se anuncian un nuevo Mesías, un nuevo Salvador, una nueva Revelación; ¿qué será de la Iglesia (la antigua)? Naturalmente, debe desaparecer para ceder su lugar a la nueva (es lo que piensa Krasinski); o bien transformarse (es lo que piensa M.). Y mientras tanto, ella es “la Iglesia oficial”, por oposición a la “Iglesia del futuro” (pág. 270), que saldrá de la anterior “como la mariposa de la crisálida” (15). “Las lecciones del Collège de France en 1842-1844 son duras para ‘la Iglesia oficial’. Aquellas rechazan toda idea ‘de agraviar a los hombres que la representan’, pero constatan que ésta ‘ha perdido el espíritu de profecía’. La ‘vieja teología clerical’ ya no es suficiente para guiarnos; aunque ella nos enseña bien a conocer a Dios, no nos lo hace ‘sentir’ ” (pág. 260). M. mismo se cree “un profeta” (pág. 246), “un iluminado” (pág. 250), cuando habla entra en éxtasis (pág. 249) y es considerado como un santo y un místico (pág. 239). “Un presentimiento universal -afirma M.- nos advirtió de la inminencia de una crisis nueva... Los espíritus más apegados a la antigua tradición, como Joseph de Maistre (16), la presintieron” (pág. 260). La Iglesia “oficial” se ha vuelto racionalista: “Esta Iglesia, cuya existencia es milagrosa, evita hablar de milagros”, ella “solo sabe rechazar y condenar”; pero “será salvada, a pesar (de los sacerdotes) y contra ellos” (pág. 269) (17). “A partir de la Reforma” “del lado del catolicismo, comienza la petrificación, y del lado del protestantismo, la putrefacción” (pág. 269); para poner remedio a este proceso se precisa de un ecumenismo católico a lo de Maistre (ibidem). El siguiente episodio resume bien la idea de M. sobre la Iglesia: “Era el 16 de enero de 1844. Sin duda nunca desde su fundación, desde ninguna de sus cátedras, los oyentes del Collège de France habían escuchado nada semejante (...) Aquel día, el historiador de la literatura eslava [M.] presentó la síntesis de su visión católica”. M. narra entonces a los alumnos la leyenda escrita por Krasinski cuatro años antes (18): “Noche de Navidad. En San Pedro de Roma, el Papa termina la misa rodeado de ancianos cansados. En medio de ellos aparece un joven vestido de púrpura: es la Iglesia del futuro, en la persona de Juan (19). Éste anuncia a la multitud de peregrinos que los tiempos se han cumplido; luego, yendo a la tumba del Príncipe de los Apóstoles, lo llama por su nombre y le ordena salir. El cadáver se levanta y exclama: ‘¡Desgracia!’. Entonces, la cúpula de la basílica se agrieta y se quiebra. El joven cardenal pregunta: ‘Pedro, ¿me reconoces?’. El cadáver responde: ‘Tu cabeza reposó sobre el pecho del Salvador y no has conocido la muerte, te conozco’ ”. Pedro vuelve al sepulcro, después de haber cedido su lugar a Juan. Los peregrinos polacos, por fidelidad, mueren bajo las ruinas de la Basílica de San Pedro. “Pedro murió para siempre. La Iglesia Romana ha terminado, sus últimos fieles han muerto. La ruptura está consumada”. M. retoma la alegoría de Krasinski, pero le cambia el final. Los peregrinos polacos que “buscan la Iglesia del futuro” no perecen bajo las ruinas, sino que salvan a la Iglesia. “Ellos -son las mismas palabras de M.- abrirán la cúpula a la luz del cielo, para que ésta se asemeje al panteón del cual es la copia; para que sea de nuevo la basílica del universo, el panteón, el pancosmo y la pandemia, el templo de todos los espíritus; para que nos de la clave de todas las tradiciones y de todas las filosofías...” (pág. 271). De Lubac piensa que M. corrige a Krasinski en un sentido ortodoxo; para Journet, por el contrario, le acentúa el carácter herético”. Para M., es verdad, la Iglesia de Juan no destruye la de Pedro, sino que nace de ella como la mariposa de la crisálida; yo diré que Mickiewicz es tan hereje como Krasinski, pero más peligroso: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas (Mt. 7, 15). Y cuando, el 5 de abril de 1848, a la cabeza de su legión polaca, M. entra en procesión a la Basílica de San Pedro, cree muy cercana la realización del sueño de la “Noche de Navidad” (cf. pág. 458). Pero el 29 de abril Pío IX rechazaba declarar la guerra a Austria. La República romana guiada por Mazzini -amigo de M.- deponía al Papa, pero también se encaminaba hacia la derrota. La realización de una Iglesia “espiritual”, objeto de sus sueños, era aplazada para más tarde. Aunque M. se había separado de Towianski en 1845, intervendrá en su favor ante el gobierno francés en 1848 y en 1851 (pág. 275, nº 4); ni por eso abandonará su falso misticismo, como veremos. (20)

Mickiewicz, masón martinista

En efecto, las relaciones con Towianski eran también de tipo oculto; en otras palabras, masónicas. ¿M. perteneció a la masonería? Desde el principio, en 1817, lo vemos fundar la sociedad secreta de los Filomatas (Towarzystwo filomatow). En 1820, forma parte de otra sociedad secreta, la de los Filaretas; de la cual hablará en la tercera parte de su libro Dziady (Los ancestros), de 1833. Lamentablemente, ignoro si los Filaretas tienen algo que ver con las logias masónicas llamadas Filaletas (21). En todo caso, estas sociedades secretas polacas eran la réplica (y a menudo, el aliado) de las sociedades secretas rusas -especie de Carbonarismo eslavo- que originarán el complot de los decabristas. El gobierno zarista había reconocido en el complot decabrista de 1825 la mano de la masonería, y fue precisamente en dicha circunstancia que esta fue declarada ilegal en Rusia (22). Incluso suponiendo que las sociedades secretas a las que adhería entonces el joven M. no hayan sido masónicas, un encuentro lo llevará al Martinismo: aquel con Oleszkiewick. “Nadie tendrá sobre él una influencia tan fuerte como el polaco Josef Oleszkiewick, pintor, místico, discípulo de Saint-Martin; que será el primero en iniciar a M. en experiencias de vida más profundamente religiosas” (23). Es así que M. de volteriano se vuelve martinista, de racionalista se vuelve “místico”; publicará en 1836 Zdania i uwagiFuertemente influido en su juventud por la mística de las sociedades secretas, -debe admitir de Lubac- luego por Böhme, del cual queda prendado en Dresde en 1832 (26), por las visiones de Frédérique Wanner, por Swedenborg (27), por Baader y por Saint-Martin, al que leyó en París en 1833, pero también por Catherine Emmerich (...) y por los grandes místicos de la tradición cristiana, sobre todo Dionisio (al que proyecta traducir al polaco); se asemeja a un Joseph de Maistre que hubiera estado más cerca de las fuentes de inspiración popular, a un Lammenais que hubiera permanecido fiel” (pág. 245). Verdaderamente, cuanto más de Lubac trata de excusar a M., tanto más agrava -involuntariamente- la situación; tanto más evidencia el puesto que ocupa M. entre los pensadores más peligrosos del esoterismo “masónico-cristiano”. (Sentencias y observaciones), compilación de citas de las obras de Böhme (24), Silesius y Saint-Martin (25). Ahora bien, ¡con Saint-Martin estamos en plena masonería, e incluso en pleno cabalismo judaico! Es en este medio esotérico, mucho antes de la afiliación al movimiento de Towianski, que se empantana el pensamiento de M. “

Mickiewicz y los Judíos

Hace doscientos años, el 24 de diciembre de 1798, nacía en Nowogrodok, Bielorrusia, no lejos de Vilnius, la ‘Jerusalén de Lituania’, Adam Mickiewicz, el más grande poeta polaco de todos los tiempos. (...) Fue un Europeo y un hombre muy cercano al judaísmo. (...) Se dice que tenía orígenes judíos. En todo caso, fue un filosemita sincero. Un día protestó violentamente en un salón literario parisino, en compañía de Gautier, Musset y Hugo, contra el ambiente de antisemitismo, diciendo: ‘Si hay la menor alusión contra los Judíos, me retiro inmediatamente’. Era un humanista del s. XIX que los Judíos originarios de Polonia no han olvidado nunca”. Estas líneas están extraídas de un “homenaje” que Actualidad Judía (el semanario de la Comunidad judía francesa) dedicó a Mickiewicz (nº 592, 31/12/1998, pág. 25). ¿Habrá de qué sorprenderse? Masón martinista, M. conduce inevitablemente, a través de Saint-Martin, a Martinez y a Böhme; y por estos últimos, a la Cábala. Pero, como hemos visto, la influencia del Judaísmo sobre M. no es solamente indirecta. El filosemitismo de M. tampoco es ignorado por de Lubac: “El privilegio único de la revelación hecha al pueblo judío, consiste en que esta preparó la revelación definitiva [y hasta aquí, nada más católico]. Pero ha permanecido una marca en este pueblo que le asigna todavía un papel en el futuroEl hombre del pasado busca... una verdad cómoda, una verdad fácil, una verdad cortesana. Pero en las regiones habitadas por nuestra raza [Polonia], las parcelas de verdad que nos llegaron fueron conquistadas con el sudor del espíritu. Allí viven millones de hombres que pertenecen a un pueblo bien conocido, a un pueblo que es el hermano mayor de Europa, el hermano mayor de todos los pueblos civilizados, el pueblo judío; que desde el fondo de sus sinagogas, no cesa desde hace siglos de lanzar gritos a los que nada en el mundo se les asemeja, esos gritos de los cuales la humanidad ha perdido la tradición. Ahora bien, si hay algo que pudiese traer de nuevo a la tierra la verdad del cielo; ¿no serían acaso esos gritos, en los que el hombre concentra y exhala toda su vida?” (pág. 263). La “tradición” (28) ha sido perdida por todos (incluso por la Iglesia, si entiendo bien); ¡solo la Sinagoga la trae a la tierra! En 1848 M. forma en Roma una “legión polaca” para combatir a Austria en la primera guerra de independencia italiana, y compone para ella un “Símbolo político polaco” en quince breves artículos. El segundo, dice textualmente: “A Israel, nuestro hermano mayor, respeto, fraternidad; ayuda en el camino hacia su bien eterno y temporal; completa igualdad de derechos políticos y civiles” (29). La Enciclopedia Judaica añade otros elementos de apreciación: “En esto [en su filosemitismo] experimentó la influencia del filósofo místico Andrzej Towianski, para quien Judíos, Franceses y Polacos forman juntos una “nación elegida”, y cuyo nacionalismo mesiánico se inspiraba en Mesmer, Swedenborg y la Kabbalah. Es así que en el gran poema épico Pan Tadeusz (1834), obra maestra de M., el Judío idealizado, Jankiel, es un ardiente patriota polaco. En sus cursos de lengua y literatura eslava, cuando era profesor en el Collège de France, en París (1840-1844), M. se esforzó en alabar a los Judíos y defenderlos de sus detractores. En un sermón pronunciado en la sinagoga de París con ocasión del Ayuno [...] en 1845, expresa su solidaridad para con los sufrimientos de los Judíos y sus aspiraciones respecto de la tierra de Israel. Aunque había soñado durante años con la conversión de los Judíos al Cristianismo, fue muy decepcionado por las tendencias a la asimilación de los Judíos franceses”. Después de recordar el episodio de 1848, la Enciclopedia Judaica prosigue: “Cuando estalla la guerra de Crimea en 1853, M. parte para Constantinopla, a fin de ayudar a la formación de un regimiento polaco para combatir a los rusos. Esperaba incluir unidades judías y se comprometía a asegurarles el derecho de observar el Sabbath; así como todas sus otras obligaciones religiosas. Su segundo, Armand Levy, oficial-médico francés, era un judío nacionalista, y no es expulsado sino con la creación de las unidades judías; los dos jefes habían pensado realizar un primer paso hacia la restauración de la nación judía en su propia tierra. M. murió súbitamente en Constantinopla, antes de haber podido cumplir su misión”. ¡Un católico polaco que, mucho antes de Herzl y Vaticano II, predica en una Sinagoga, llama a los Judíos “hermanos mayores” y prepara la creación de un Estado judío en Palestina (30)! ¿No es esto para dejar perplejo? Pero hay una explicación... [¡y he aquí la novedad que anticipa a Vaticano II y Juan Pablo II!]”. M. escribe: “

Mickiewicz y el Frankismo

Es también Rocco Buttiglione quien nos la sugiere -aunque involuntariamente- al hablar de la influencia que tuvo sobre Towianski, Slowacki y Mickiewicz, un oscuro “mesías del judaísmo polaco del s. XVIII”, un tal Jacob Frank (31). La Enciclopedia Judaica, a la cual se refiere Buttiglione, es todavía más explícita: en el drama titulado Dziady (1832), M. “traza un retrato del futuro salvador de Polonia; personaje en el cual la interpretación ha creído ver al mismo autor. Según la visión de uno de los personajes, este salvador sería ‘hijo de una mujer extranjera; su sangre sería la de los antiguos héroes; y su nombre sería Cuarenta y cuatro. La madre de M., descendiente de una familia frankista convertida, era una ‘extranjera”; y su nombre, Adam ( םדא ), si se omite la “A” no pronunciada ( א ), tiene el valor numérico 44. Estas nociones cabalistas estaban sembradas en los escritos del místico francés Louis Claude de Saint-Martin”. La misma Enciclopedia, pero en la voz “Frank”, añade lo siguiente: “... El mismo poeta testimonia claramente sobre esta afiliación [frankista] (por parte de madre) (...) Los orígenes frankistas de M. eran bien conocidos por la comunidad judía de Varsovia desde 1838 (como testimonia el AZDJ de ese mismo año). Los padres de la mujer del poeta [Celina Szymanowska, que desposa en 1834] provenían igualmente de familias frankistas”. La madre y la mujer de M. venían entonces de familias judías frankistas, como nos lo confirma el biógrafo de Jacob Frank, Arthur Mandel: “La hija de María [Szymanowska] (32), Celina, era la esposa de un gran hijo de Polonia, el poeta Adam Mickiewicz, también él de ascendencia frankista. En su obra Dziady (la fiesta de los Ancestros), un drama místico mezclado con temas frankistas, Mickiewicz da a entender por veladas alusiones que él era el Mesías que, a la cabeza de Polonia y ‘de su hermano mayor’, el pueblo judío, guiaría a la humanidad a la libertad, idea que recuerda vivamente Frank” (33). Lo que es particularmente significativo es el hecho de que Mickiewicz, de madre frankista pero nacido y bautizado en la religión católica, se haya casado en 1834 con Celina Szymanowska, también ella católica pero hija de dos frankistas. Ahora bien, la endogamia es justamente uno de los principios esenciales de los frankistas: “Debemos aceptar pro forma esta religión nazarenay observarla meticulosamente para parecer mejores Cristianos que los mismos Cristianos... Pero no debemos casarnos con ninguna de sus (...) y de ninguna manera mezclarnos con otras naciones” (34). Sesenta y ocho años después del bautismo de Frank y de sus propios antepasados, Adam Mickiewicz y Celina Szymanowska se unían en matrimonio, respetando, con el hecho, las reglas frankistas: ¿pura casualidad? -decía Jacob Frank-

Jacob Frank: su vida

Pero, ¿quién era Jacob Frank? Nuestra historia comienza en 1665, cuando toda la diáspora judía creyó haber hallado en la persona de Sabbatai Zevi (1616-1676), un cabalista de Smirna, al Mesías tan esperado (35). La decepción fue grande cuando, al año siguiente, obligado por el Sultán a elegir entre la muerte y la apostasía, Sabbatai Zevi prefiere apostatar y hacerse musulmán (septiembre de 1666). Sin embargo, fueron muchos los que vieron en esta apostasía la confirmación paradójica del carácter mesiánico de Sabbatai: ¡era por medio del pecado que el Mesías debía salvar al mundo! Muchos judíos, para imitar al “Mesías”, apostataron a su vez, pero permaneciendo -como el mismo Zevi- interiormente judíos. De éstos viene la secta llamada de los Dunmeh (apóstatas): “El general Kemal Atatürk, padre de la Turquía moderna, era de los suyos” (36). Un cierto Lieb, posadero de Korolowska (Galicia, Polonia), aunque había permanecido exteriormente judío, era también “sabbatiano”. En 1726 tuvo un hijo, el pequeño Jacob, quien no fue llamado Frank sino más tarde, en Salónica, sede de los sabbatianos. Fue allí donde, a su vez, Jacob se proclamó Mesías. En 1755 retornó a Polonia. Los rabinos lo declararon entonces hereje y pidieron a la Iglesia de perseguirlo como tal: Frank volvió a Turquía, se hizo (exteriormente) musulmán, confirmando así que era la reencarnación de Sabbatai Zevi. De regreso a Polonia, dejó entrever la posibilidad de una conversión al cristianismo de sí mismo y de 30.000 de sus discípulos. Y, efectivamente, en la Catedral de Lvov, el verano de 1759, y luego en diferentes lugares de Polonia, 20.000 frankistas se hicieron bautizar, accediendo así al rango de la nobleza; los demás, la mayoría, permanecieron judíos, aunque profesando la doctrina de Frank. El 18 de noviembre de 1759, en Varsovia, el mismo Frank fue bautizado tomando el nombre de Joseph, su padrino fue el Rey en persona. A los suyos, Frank pide el mayor secreto sobre sus verdaderas creencias; al Rey, pide permiso para constituir un ejército, así como la asignación de un territorio para la fundación de un estado judío. Pero algo trasciende, y Frank es relegado por la Inquisición a una prisión dorada en Czenstokhova, que “se volvió así centro de peregrinación para los frankistas” (37). Trece años más tarde, fue liberado por los rusos. Mientras tanto, “comenzó a preparar el terreno para su sucesora, su hija Eva Avatcha, inmortal como él. Es así que Eva Frank se convierte en una especie de contrapartida de la Virgen negra de Czenstokhova, y al lado del culto a María se instituyó un culto a Eva, al cual el mismo Frank se sometía” (38). Tras su liberación, se dirigió a Moravia (Austria), a Brünn, donde residía su prima Schöndl Hirschel (1735-1791), mujer del rico monopolizador de tabaco y proveedor del ejército, Salomón Dobrouschka (1715-1774). La prima y diez de sus doce hijos se hicieron bautizar, adoptando nombres cristianos y el apellido Von Schönfeld; pero no eran cristianos, ¡eran frankistas! En 1778 fueron ennoblecidos. Rebautizado Franz Thomas Von Schönfeld, Moisés Dobrouschka, uno de los hijos de Salomón, fue consejero y banquero de los emperadores José II y Leopoldo II (a la coronación del cual asistió, entre los nobles, el “barón Joseph Frank Dobrouschki”, o nuestro Jacob Frank). Pero este Schönfeld era también miembro de la secta de los “Iluminados de Baviera” (que preparaban una revolución igualitaria) y uno de los fundadores de la orden masónica de los “Hermanos asiáticos” (39), cuyo Gran Maestre era el famoso Príncipe Charles de Hesse-Cassel (1744-1836), suegro del Rey de Dinamarca, y al cual adhirió el futuro Rey de Prusia, Federico Guillermo II. Jacob y Eva Frank también tuvieron acceso a los Reyes: en 1775 estaban en la corte de María Teresa y José II, en Viena; en 1783 y en 1813 serán los Romanov (Pablo I y Alejandro I), quienes visitarán a Eva Frank. Finalmente, Jacob Frank transferirá su corte a Offenbach, en Alemania, al castillo del duque de Isemburgo (masón e iluminista), donde vivió de 1788 hasta su muerte, en 1791. Ya había estallado la Revolución francesa, y Jacob Frank había dicho: “He venido a liberar al mundo de todas las leyes y de todos los mandamientos. Todo debe ser destruido, a fin de que el buen Dios se revele” (40).

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