La renuncia de Ratzinger: entrevista al Padre Ricossa

Novedad absoluta: ningún Papa renunció jamás por edad

Ordenado sacerdote por Mons. Lefebvre, el Padre Ricossa es superior del Instituto Mater Boni Consilii, situado en Verrua Savoia (provincia de Turín) y pertenece a los sedevacantistas, los cuales, oponiéndose a las renovaciones realizadas en la liturgia y en la doctrina por el Concilio Vaticano II, desconocen la autoridad papal.

Benedicto XVI, por supuestos problemas de edad, ha “renunciado” como cualquier funcionario estatal. ¿Es así cómo la iglesia de sociedad sobrenatural se prepara para convertirse en una administración burocrática?

En el Código de derecho canónico se prevé que el Papa puede renunciar a su oficio. Sin embargo, no es menos cierto que esto ha ocurrido sólo en circunstancias gravísimas y raras, y que no sucede desde 1415. La renuncia al pontificado de J. Ratzinger es en consecuencia una novedad absoluta que no se puede comparar con las renuncias del pasado.

 

¿Cual es, en su opinión, la verdadera causa de la abdicación del “valiente y humilde” Ratzinger?

Salvo las revelaciones de improbables secretos, el motivo de la renuncia es el declarado por el mismo Benedicto XVI: “ingravescente ætate”, la edad avanzada. Pero ningún Papa renunció jamás por este motivo. Ratzinger quiso en consecuencia cumplir con el dictamen del Vaticano II, aplicado por Pablo VI, que “jubila” a los párrocos y obispos a los 75 años y quita a los cardenales el derecho de voto en el cónclave al cumplir los 80 años. En una visión conciliar y colegial de la Iglesia, también el Obispo de Roma, el Papa, es un Obispo como los otros; la misma jerarquía eclesiástica se asimila así a los funcionarios de las modernas administraciones democráticas o al sistema sinodal del protestantismo. En esta nueva perspectiva “desacralizada” y más igualitaria, es normal que también el Obispo de Roma se vaya como todos los demás.

 

¿La función papal reducida a “cargo temporal” acentúa la crisis de la autoridad espiritual?

De por sí el gesto de Benedicto XVI es estrictamente personal, pero probablemente se convertirá en un modelo moralmente vinculante para sus sucesores. Quien sueña en una ulterior democratización de la Iglesia, desea verla transformada en una asamblea permanente de iglesias cristianas, dirigida quizás, como presidente, por un papa en ejercicio durante un cierto número de años. Naturalmente, tal hipotética estructura ecuménica ya no sería la Iglesia Católica, y tal presidente de un sínodo permanente no sería un Papa como Cristo lo quiso y como lo conoció toda la tradición cristiana. La idea tradicional del Papado es, para los ecumenistas, el principal obstáculo para la tan deseada unidad: será quitado del medio o, por lo menos, “repensado”.

 

Incluso la Iglesia es víctima de la concepción evolucionista.

No la Iglesia ciertamente, ya que ella es la columna y el fundamento de la verdad inmutable. Pero los modernistas, que ya a principios del ‘900 sostenían una concepción evolutiva del dogma (una “tradición viva”) y que, con el Vaticano II, se apoderaron de los puestos de mando, querían que la Iglesia estuviese en constante aggiornamento y evolución. Para ellos sólo en la acción, en el devenir, en la evolución, está la vida. Olvidan que la Verdad es Dios, y Dios no cambia. En realidad, están al servicio del mundo.

 

Ratzinger, considerado a menudo como “ortodoxo” respecto al “globalizador” Wojtyla, ¿ha sido, por el contrario, un ferviente partidario del Concilio Vaticano II, es decir, el enésimo “democratizador” de la Iglesia?

Todos los sucesores de Pablo VI han concebido su misión de una única manera: aplicar las innovaciones del Vaticano II. Y lo hicieron aun frente a la evidencia: llevando a la Iglesia a la ruina. Benedicto XVI, en particular, ha sido muy sensible a la cuestión de la “colegialidad episcopal”; la Iglesia, tal como Cristo la ha querido, no sería una monarquía (primado papal), sino un órgano colegial permanente. Durante el Concilio, el joven teólogo Ratzinger se opuso incluso a la “nota previa”, que moderaba la colegialidad enseñada por Lumen gentium y que Pablo VI había querido para obtener también los votos de los Padres conciliares que, fieles a la Tradición y al Papado, se oponían a la nueva doctrina de la colegialidad episcopal.

 

¿Qué tipo de Pontífice podría frenar el grave debilitamiento eclesiástico?

Un verdadero Pontífice, digno Vicario de Cristo y Sucesor de San Pedro. Y por tanto un Pontífice que, sabiendo que la vía abierta por el Vaticano II conduce a la ruina, tenga el coraje de volver a la Tradición. Un tal Pontífice sería un milagro de Dios y hallaría ante sí terribles enemigos. Pero me temo que, antes de tal acontecimiento salvífico, tendremos que tocar fondo.

 

El cisma en la Iglesia entre tradicionalistas católicos y modernistas es profundo y, al parecer, irreparable. ¿“Toda casa dividida perecerá”?

La Iglesia no está dividida, es una y no perecerá, porque “las puertas del infierno no prevalecerán”. Los modernistas no son católicos. Están “en las entrañas de la Iglesia”, parafraseando al Papa San Pío X, como un tumor que se anida dentro del cuerpo enfermo. El modernismo no edifica, destruye y se autodestruye. La Iglesia sobrevivirá, pero habrá que extirpar al modernismo agnóstico. La Iglesia podrá ser entonces un gran árbol o, por el contrario, un pequeño rebaño, poco importa, ya que es siempre el rebaño de Cristo.

http://www.secoloditalia.it/2013/02/le-dimissioni-di-ratzinger-novita-assoluta-nessun-papa-aveva-mai-rinunciato-per-leta/